Un día estaba yo triste, muy tristemente
viendo cómo caía el agua de una fuente;
 
era la noche dulce y argentina. Lloraba
la noche. Suspiraba la noche. Sollozaba
 
la noche. Y el crepúsculo en su suave amatista,
diluía la lágrima de un misterioso artista.
 
Y ese artista era yo, misterioso y gimiente,
que mezclaba mi alma al chorro de la fuente.

Rubén Darío

    Aunque el tiempo suave y despejado
sonríe de nuevo sobre el condado de tu estima
y sus colores regresan, la tormenta te ha cambiado:
    no olvidarás, nunca,
la oscuridad que borra la esperanza, la tempestad
    que profetiza tu perdición.

“No habrá paz”, Wystan Hugh Auden.

(…) Sólo de vez en cuando, no sé qué tristeza caía sobre mí; y me levantaba sobresaltado de mi sueño, y olía un rastro dulce de una extraña fragancia que erraba en el viento del sur. Su vaga ternura traspasaba de dolor nostálgico mi corazón. Me parecía que era el aliento vehemente del verano que anhelaba completarse. ¡Yo no sabía entonces que el loto estaba tan cerca de mí, que era mío, que su dulzura perfecta había florecido en el fondo de mi propio corazón!

Rabindranath Tagore

Todo parece que agoniza
y que se envuelve lo creado
en un sudario de ceniza
por la llovizna adiamantado.
 
Yo creo oír lejanas voces
que, surgiendo de lo infinito,
inícianme en extraños goces
fuera del mundo en que me agito.
 
(…)
 
Y, a la muerte de estos crepúsculos,
siento, sumido en mortal calma,
vagos dolores en los músculos,
hondas tristezas en el alma.

Julián del Casal

Flores de la roca frente al verde mar,
vetas que me evocan otros amores,
bruñidas por la lentitud de la llovizna,
flores de la roca, semblantes
que llegaron cuando nadie hablaba y que me hablaron
cuando me dejaron tocarlas después del silencio
entre los pinos, las adelfas y los plátanos.

“Flores en la roca”, Giorgos Seferis.