Libertad aparente la palabra en el aire;
la espesura del verso,
penumbra iluminada por vocablos oscuros.
Solitarios, los pájaros, recorren
como una sombra más las sombras en el bosque.
 
                    La claridad
siempre es distancia; apenas un intento
de llegar a la luz. Ángel perverso
y bello, donde la noche anuncia
su lenguaje habitable.
 
Nunca hallarás, al otro lado de estas sombras,
vida alguna; luz que te aleje, pájaro de las tinieblas, con sus nombres ambiguos
de las ruinas del tiempo.

“Ángel de la oscuridad”, Diego Jesús Jiménez.

Escritos en el suelo han quedado los signos de la muerte.
Y en los mosaicos de piedra roja
el estampido de los rostros de oro.
 
La humedad ha cubierto los frescos.
En la escalera
las manchas de los pies rajados.
 
El polvo ennegrece el resto.
 
La ventana está abierta.
La ciudad saqueada.

“Poema uno”, Severo Sarduy.

(…) esta vida prestada
que sostengo
a fuerza de dolor
hecho ya aliento,
aliento que me pesa
estancado remanso
que no fluye
ni se renueva con cada latido—
es como las demás. También prestada.
Pero a mí
me dejaste pendiendo
la etiqueta,
el marchamo que dice a todas horas
—porque un viento en el alma lo remueve—:
                    ˋQue no me pertenece.ˊ

“Vida prestada”, María Elvira Lacaci.

(…) Se está a la orilla de lo incierto, con las olas y una ardiente
arena como el cielo donde los ensalivados tulipanes se
despiertan a la luz, mientras allá arriba los pechos se
aplastan como dos guitarras adormidas de ansioso dolor.
 
Flamea la espada hoy dorada: vigorosa, endurecida insignia.
 
Todo es húmedo y es real y es embriagante y es oloroso y es
          aromático.

“Un cuaderno de dibujo de Nunik Sauret”, Efraín Huerta.

        Visión abigarrada y tenue en su cabeza, huyes de la mía. Posee los astros
y los animales de la tierra, los campesinos y las mujeres para servirse de ellos.
Lo ha mecido el océano, a mí el mar, y fue él quien recibió todas las estampas.
Roza ligeramente los despojos que encuentra, todo se ordena y siento
mi cabeza pesada que aplasta los frágiles tallos.
        Si creíste, destino, que podría partir me hubieras dado alas.

“Envidia”, Pierre Reverdy.